Luis Rojas Marcos. Optimismo “rentable”

El profesor de Dinámica de las Organizaciones de la Universidad de Michigan, Karl Weick, cuenta un relato verídico en el que muestra la importancia del entusiasmo y la confianza a la hora de hacer frente a la adversidad. Durante unas maniobras militares en Suiza, un joven teniente de un destacamento húngaro en los Alpes envió a un pelotón de soldados a explorar una montaña helada. Al rato empezó a nevar y un par de días después la patrulla aún no había regresado. El teniente pensó angustiado que había mandado a sus hombres a la muerte. Al cuarto día, los soldados volvieron al campamento. El oficial, sorprendido, les preguntó qué les había ocurrido y cómo habían conseguido volver. El pelotón contestó que se habían perdido y que poco a poco su ánimo se fue consumiendo hasta que uno de ellos encontró un mapa en su bolsillo. Esto les tranquilizó. Esperaron a que la tormenta pasara y valiéndose del mapa dieron finalmente con el camino de vuelta. El oficial estudió detenidamente el mapa y comprobó que no era un mapa de los Alpes sino de los Pirineos.

Lo que les salvo la vida, evidentemente, no fue el mapa, sino que ese mapa sirvió para levantar el ánimo, el entusiasmo y la esperanza del grupo y de esta manera encontrar el camino de regreso a fuerza de ensayo y error.

Y es que lo el optimismo suele generar efectos positivos normalmente.

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Luis Rojas Marcos pertenece al club de los “optimistas” porque “no se gana nada no siéndolo”.

Es profesor de psiquiatría en la Universidad de Nueva York miembro de la Academia de Medicina de Nueva York y de la Asociación Americana de Salud Pública. Ha sido director del Sistema Psiquiátrico Hospitalario Municipal de Nueva York desde 1982 hasta 1992 y responsable máximo de los Servicios de Salud Mental, Alcoholismo y Drogodependencias de la ciudad neoyorquina hasta 1995, año en que fue nombrado presidente del Sistema de Hospitales Públicos de la citada norteamericana, cargo que ocupó hasta 2002. Desde el año 2004 se dedica a la investigación, docencia y gestión hospitalaria, aparte de a la escritura, dejando la práctica clínica en un segundo lugar.

Rojas Marcos tiene claro que el optimismo es rentable. Y su explicación sencilla. El optimista es más perseverante, lo intenta más veces y eso hace que llegue más lejos. El pesimista, por su parte, ante las dificultades abandona pronto, cumpliendo con ello sus pronósticos más derrotistas.

Su contacto cercano con la enfermedad y el dolor le ha servido para extraer la lección  del inmenso poder reparador que tiene el pensamiento positivo.

La NASA, en la selección de sus candidatos a astronautas incluye entre las cinco cualidades más apreciadas el talante optimista del aspirante.

Incluso en la política, donde diversos estudios empíricos han contrastado la relación entre la disposición optimista o pesimista de los candidatos a presidente de Estados Unidos entre 1900 y 1984, se concluye que el electorado prefirió, en el 82% de los comicios, al aspirante más optimista en sus discursos.

Según este experto psiquiatra se puede aprender a ser optimista pero no es fácil. Requiere esfuerzo y paciencia. Para ello se debe incidir más en fomentar más el optimismo que en intentar reducir el pesimismo. Se ha demostrado que en lugar de pretender desprendernos de nuestros pensamientos pesimistas la fórmula reside en potenciar aquellos aspectos optimistas con los que todos contamos.

La metodología consiste, primero, en hablar de lo que a uno le gusta. Sabemos que la forma de pensar  y de sentir van de la mano: según como siento, pienso. Si lo estás pasando bien y te pregunto qué piensas no me vas a decir cosas negativas. Cuando nos sentimos bien, los pensamientos son siempre positivos. La parte del cerebro que regula las emociones influye en los pensamientos, de forma que si potenciamos las situaciones de nuestra vida que nos resultan agradables tendremos más pensamientos positivos.

Y segundo, hay que revisar y eliminar los pensamientos negativos automáticos que invaden a menudo la mente de la persona pesimista y que no están fundamentados; como por ejemplo, “la felicidad no existe”; “esta vida no merece la pena”; “esto no lo voy a conseguir” y cualquier otro que sólo conduzca a la negatividad y el fracaso.

Pues todo esto se puede trasladar de igual manera a las empresas.

El doctor Rojas nos da las claves.  La “empresa optimista” es aquella en la que el empleado cree que su aportación es determinante al resultado. Son organizaciones en las que las personas sienten que lo que hacen sirven para algo. La “empresa optimista” fomenta también la comunicación entre sus empleados incluso en momentos de crisis.

Para contar con una “empresa optimista” es muy importante la selección de personal, aunque también se puede fomentar el optimismo posteriormente. El entusiasmo que transmiten los líderes es determinante y cuanto más comunique y menos espacio deje a los rumores y chismes mejor. Los rumores son síntoma de falta de liderazgo y de seguridad. En una empresa en la que hay buen nivel de comunicación hay pocos chismes.

En un interesante proyecto dirigido a finales de la década de los ochenta por Martín E. P. Selingman, profesor de  la Universidad de Pensilvania, 15.000 aspirantes a vendedores de pólizas de seguros de la empresa Metropolitan Life realizaron dos pruebas: la de aptitud para vendedores y otra de personalidad que medía el grado de optimismo y pesimismo de los candidatos.

Como resultado, se contrataron a 1.200 individuos que se dividían en tres grupos. El primero, los “optimistas”, formado por 500 candidatos que habían aprobado el examen de aptitud y que de acuerdo con el test de personalidad, eran moderadamente optimistas. El segundo grupo lo formaban los “pesimistas”, otros 500 aspirantes que también habían pasado la prueba de aptitud pero que tenían una personalidad moderadamente pesimista. El tercer grupo, denominado los “comandos especiales”, lo integraban unos 200 candidatos que habían suspendido la prueba de aptitud, pero que en el test de personalidad mostraban niveles muy altos de optimismo.

Dos años después, los directivos de Metropolitan Life comprobaron la productividad de los tres grupos. Los resultados revelaron que los más productivos habían sido los “comandos especiales”. Estos “superoptimistas” suspendidos en el examen de aptitud, aventajaron en venta de pólizas al grupo de los “optimistas” en un 26% y al de los pesimistas en un 27%. Al parecer, el éxito de los vendedores de talante optimista obedecía principalmente a su más alta persistencia en la labor y a su mayor resistencia a rendirse ante los rechazos de los posibles compradores.

 

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